Cuando salí de casa
abandoné los hierros, las placas;
esas paredes que me lloraban;
esos suelos que gritaban jabones
y pañuelos y refriegos.
Descolgué de las perchas del aire
aquellas imágenes rodantes
de alguno y alguna.
Empaqué todos los pesares,
las pedestres penas
y levanté los mil bolsos agridulces
por una ruta intrincada
hasta respirar los coyuyos,
los grillos, las piedras.
Me alimenté de las luciérnagas
que titilaban pequeñas esperanzas.
Me sentí parte de los suelos azotados,
de la naturaleza abatida,
y de esa forma informal
me escabullí en las noches fugitivas
y bebí con la luna y dormí bajo árboles
mientras el papel se encargaba
de contener los pesares pesados
sin pesar ni pesarse de las lágrimas
metálicas o los suspiros vehementes.
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