A veces desprendido de la noche
pienso con anticuada anticipación
acerca de los libros y sus voces.
La ausencia de aquellos que culminaron
su alma y virtud entre las hojas
muriendo y dejando en tierra abierta
sus pasos que aun transitan las horas.
Pienso en su ausencia, pienso.
Estoy rodeado de voces mudas,
de bellas voces, de vigorosas voces.
Pero ahora estoy solo, solo encubierto
por los libros invisibles del mundo.
Solo los libros y la nada.
Los libros me llaman, me imploran,
me esperan, me nombran.
La nada diluye los falsos caminos
que vienen como ecos desde afuera
y deja en claro sólo el sonido de mi voz
para darme cuenta de quién soy.
Me busco, aprendo de mí, indago mi ser
cuestiono mi mente, castigo mi alma.
La nada hace que uno se dé cuenta
quien en verdad es uno mismo.
Regreso entonces a los libros y a las voces
y entiendo que ahí mi deseo es ser polvo.
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